A veces sucede que le llega a uno, de repente, un día perfecto. Te levantas como siempre, cuando aún es de noche, para estudiar y escribir. Luego vas al trabajo, entre una lluvia que ciega y un viento que arranca el sueño de golpe, y por fin tienes esa conversación inteligente con los estudiantes que llevas tanto tiempo esperando. A la salida de clase vuelves caminando con ese grupo de alumnos que siempre te espera para hablar un rato de camino del aula a la Facultad y en el trayecto te cruzas con un amigo al que hace años que no ves.
Más tarde durante la tutoría, los estudiantes hacen cola para que les dediques un rato o les ayudes con dudas o simplemente buscan unos minutos de conversación sobre libros o cualquier otra cosa y te sientes abrumado. Terminas la tutoría dejando a alguien para otro día porque no te queda tiempo y por el camino hacia una comida de trabajo te enteras de que por fin te han concedido la acreditación para ser profesor de universidad en España. Piensas que ya era hora, que hay otros que la consiguen nada más terminar el doctorado, pero claro que esos 'otros' siguen un camino que tú a conciencia decidiste no pisar cuando te tentaron y te dijeron, hace muchos años, que si querías trabajar en esto tenías que hacerles reverencias. Y tú te negaste y eso se ha convertido en una falta imperdonable.
Y entonces recuerdas las palabras de tu admiradísimo amigo, mucho mayor que tú, que te dijo 'que sepas que has escogido el camino difícil' cuando se asombraba de cómo fuiste capaz de rechazar lo que 'otros' consideran que es lo máximo a lo que se puede aspirar. Entonces de repente te viene a la cabeza una mañana de noviembre de hace años sentado con el abuelo, en el campo, que te dice con la mirada 'nunca traiciones tus principios'. Y no lo has hecho y eso te da fuerza.
El almuerzo se convierte en una gustosa conversación con alguien a quien también admiras y después te enteras de que dos proyectos en los que has invertido el tiempo y la energía que no tienes salen finalmente para adelante. Luego vuelves a la Facultad y allí te espera un amigo de esos de verdad, de esos que no traicionan, que se ha enterado de que por fin puedes empezar a pedir puestos en España tras tres años de espera y se toma algo contigo y te da la enhorabuena. Luego vas a una charla que te soluciona un buen montón de preguntas y sientes que no ha sido pura retórica sino que aquello tenía un propósito.
De ahí te pasas por otra conferencia, a la que estabas invitado, pero a la que no has podido ir porque no puedes estar en todos lados. Llegas tarde pero los amigos te reciben con una sonrisa y allí te invitan a una buena pinta de cerveza que te recupera y te dicen que te echan de menos y que este fin de semana, si no te marchas a Bruselas, que cenemos y hagamos algo juntos.
En la mochila guardas un libro que acaba de salir y que hoy mismo has conseguido y resulta que tienes al autor allí junto a ti y le pides que por favor te lo dedique. El autor, que para ti es un referente intelectual importantísimo, te escribe unas palabras cariñosas que te emocionan. Su libro, que ya conocías en parte, te parece de una gran altura y se lo dices y él te contesta que más aprende contigo. Te invitan a ir a cenar pero estás cansado y además deseas llegar ya a la casa para hablar por skype con aquellos que quieres y saber cómo les ha ido su día. Y te preocupas por la abuela que está sola y que a veces dice que se encuentra bien, aunque sea mentira, para que no te preocupes, pero tú sabes que está mintiendo y si tarda en coger el teléfono sientes un pellizco.
Terminas de hablar con tu gente, de preguntarles por sus cosas. Todo ha marchado bien para ellos. Eso te produce alegría. En ese momento, te llega un nuevo correo de otro estudiante, al que ya no le das clase, que te escribe tan sólo para darte las gracias por lo mucho que ha aprendido contigo y pedirte que le des la referencia de esos libros que has publicado pero que por pudor y por honradez, al contrario de lo que hacen tantos, no has incluido como lectura obligatoria.
De repente, en el piso, todo es silencio. El viento muerde con fuerza las ventanas y las tuberías prosiguen con sus conversaciones y rumores interminables a los que te has acostumbrado. Es ya tarde. Estás delante del ordenador, miras alredador, parece que hoy ha hecho menos frío y te sientes agradecido y satisfecho. Sobre todo satisfecho por no haberte rendido, por seguir adelante, por haber sido fiel a unos principios, por creer en el valor del trabajo y la constancia, por haber desbrozado siempre lo que tenías a tu alrededor para quedarte con esas amistades que no traicionan, con esas palabras que no calculan, con esa gente genuina y con la sonrisa de tu ánima sin nombre que desde Bruselas te susurra y te arropa, ya en la cama, con un dulce buenas noches, con un cálido descansa, con un sosegado ha sido un día perfecto.